El Mundial no borró la movilidad humana: solo la maquilló

José Luis Manzo Ramírez

Opinión

Mientras el espectáculo ocupa las pantallas, miles de personas siguen moviéndose por necesidad, por violencia, por hambre o por esperanza. Y casi siempre lo hacen bajo reglas más duras que las de quienes llegan a aplaudir.

Hablar del Mundial como si fuera solo deporte es una forma elegante de mentirse. Antes, durante y después del torneo, se mueve mucho más que la pelota: se mueven capitales, cuerpos de seguridad, mandos policiales, intereses, narrativas oficiales y también cuerpos humanos. La diferencia es brutal: a unos se les celebra el desplazamiento; a otros se les sospecha, se les persigue o se les empuja al borde.

Antes del Mundial, las ciudades sedes se “preparan”. Ese verbo suele sonar inocente, pero muchas veces significa depurar el espacio, encarecer la vida y volver invisible a quien estorba en la postal. Se remodelan avenidas, se maquillan zonas estratégicas, se reordena el comercio y se apaga todo aquello que contradiga la narrativa de modernidad. En ese proceso, la movilidad humana real —la de migrantes, refugiados, desplazados y personas en tránsito— queda reducida a un problema de imagen. Como si la dignidad pudiera desalojarse junto con los puestos ambulantes.

Durante el Mundial, el discurso oficial habla de apertura, hospitalidad y fiesta global. Pero esa apertura suele ser selectiva. Las fronteras se vuelven más duras, los operativos más visibles y la vigilancia más intensa. Se protege al visitante, pero no siempre a la persona que llega buscando trabajo, protección o simplemente sobrevivir. Se celebra la circulación de turistas, pero se criminaliza el paso de quienes no tienen boleto, pasaporte poderoso ni acceso a tribuna. Esa es la hipocresía central: el mundo aplaude la movilidad cuando produce consumo, pero la castiga cuando revela desigualdad.

Y después del Mundial, cuando se apagan los reflectores, viene la resaca social. Quedan obras, sí, pero también deudas, rentas más altas, empleo temporal y una ciudad más cara para quienes ya vivían al límite. Queda la infraestructura pensada para la excepción, no para la vida cotidiana. Y queda, sobre todo, la misma realidad de fondo: personas que siguen caminando, cruzando, huyendo o buscando refugio en un sistema que las obliga a demostrar una y otra vez que merecen existir.

Por eso hay que decirlo sin rodeos: la movilidad humana no es un accidente del Mundial, es una condición permanente de nuestro tiempo. Lo escandaloso no es que la gente se mueva; lo escandaloso es que el mundo siga organizándose para distinguir entre movilidades “deseables” y movilidades “toleradas”. Entre quienes viajan por placer y quienes se desplazan por necesidad. Entre quienes reciben alfombra roja y quienes reciben muro, retenes o indiferencia.

Si el Mundial quiere presumirse como celebración de la humanidad, entonces debe empezar por algo básico: reconocer que la humanidad no cabe solo en el estadio. Está también en la frontera, en el albergue, en la terminal, en la calle, en el campamento, en el refugio improvisado y en cada persona que se mueve porque quedarse ya no es opción.

El Mundial pasa. La propaganda se desmonta. Las pantallas se apagan. Pero la movilidad humana sigue ahí, desnuda, urgente e incómoda, recordándonos que el verdadero partido no se juega en la cancha: se juega en la forma en que decidimos tratar a quienes nunca tuvieron el privilegio de moverse con comodidad.

 

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